Análisis
La cuenta que nadie hace
¿Cuánto tarda de verdad organizar una elección en Venezuela? Diciembre es la línea de partida, y la suma da entre ocho y once meses. Que no se haga no es un problema de tiempo.

Todo el mundo está discutiendo si va a haber elecciones en Venezuela.
Casi nadie se ha sentado a hacer la cuenta de cuánto tomarían.
Y esa cuenta se puede hacer. No es adivinación ni es fe: son etapas conocidas, con tiempos conocidos, que este país ha ejecutado más de treinta veces en los últimos veintisiete años. El cronograma electoral no hay que inventarlo. Está escrito.
Vamos a hacerla juntos, porque cuando la terminas entiendes algo incómodo.
PRIMERO: TRES COSAS QUE TODAVÍA NO EXISTEN
Antes de hablar de votar, tienen que existir tres piezas: un Tribunal Supremo de Justicia. Un Consejo Nacional Electoral. Y un reglamento hecho a la medida de esta elección.
Lo del reglamento parece un detalle de abogados y no lo es. Las normas electorales que están vigentes hoy son viejas y fueron escritas favoreciendo a un lado. Nombrar un CNE nuevo y dejarlo operando con las reglas viejas es cambiar los jugadores sin cambiar la cancha.
Hay algo importante en cómo se plantea esto desde Vente Venezuela: esas tres piezas deberían ser temporales, válidas solo para el proceso de transición, hasta que haya autoridades electas. No se está pidiendo un poder permanente designado a dedo. Se está pidiendo un puente.
La aspiración es tener las tres listas en diciembre.
Estamos en septiembre. Eso son unos cuatro meses.
SEGUNDO: SABER QUIÉN PUEDE VOTAR
Con las tres piezas montadas, viene el problema de fondo: el registro electoral.
Hay cerca de diez millones de venezolanos fuera del sistema. Cinco millones que viven en el exterior pero siguen figurando para votar en centros dentro del país. Y aproximadamente más de cinco millones, en su mayoría menores de treinta años, que nunca pudieron inscribirse.
De eso hablaremos en detalle en otro artículo, porque merece su propio análisis.
Para la cuenta de hoy basta con esto: la actualización de datos, si se llega con el trabajo previo hecho y con una buena campaña informativa, puede tomar cerca de un mes.
Un mes. Enero.
TERCERO: LA ELECCIÓN
Aquí está el dato que casi siempre se maneja mal.
Una elección bien hecha dura seis meses. Ese es el estándar. Se puede bajar a cinco. Y el gobierno, en una ocasión, la comprimió a tres.
O sea: tres meses es el mínimo histórico, no lo normal. Cuando alguien dice «en tres meses hay elecciones», está citando el récord, no el promedio.
Con eso, la secuencia razonable sería una presidencial junto con la Asamblea Nacional, y después el resto de los cargos.
SUMA TÚ MISMO
TSJ, CNE y reglamento: unos cuatro meses, hasta diciembre. Actualización del registro: cerca de un mes. Elección presidencial junto con la Asamblea: tres meses comprimida, seis bien hecha.
Total: entre ocho y once meses. Es decir, entre abril y julio de 2027.
Y ojo con lo que significa ese número: es el escenario bueno. Asume que diciembre se cumple, que el registro se resuelve, que nadie mete un palo en la rueda.
Menos de un año. Técnicamente, es perfectamente posible.
Lo que nos lleva a la pregunta de verdad.
SI SE PUEDE EN MENOS DE UN AÑO, ¿POR QUÉ NO HAY FECHA?
Porque el problema dejó de ser técnico hace rato.
Cuando algo se puede hacer y no se hace, la explicación casi nunca está en el manual de procedimientos. Está en los intereses.
Y aquí conviene ser honestos, incluyendo con nosotros mismos: casi nadie con poder en Venezuela gana con una presidencial rápida.
EL CHAVISMO TIENE VEINTITRÉS RAZONES PARA PREFERIR OTRA COSA
Empecemos por lo evidente.
En las regionales de mayo de 2025, el chavismo se quedó con 23 de las 24 gobernaciones, con una participación del 42% y una oposición fragmentada.
Eso significa que hoy controla el territorio: gobernaciones, estructura, recursos, maquinaria local.
Una elección regional es el terreno donde puede defenderse. Tiene con qué.
Una presidencial es exactamente lo contrario. Es el terreno donde perdió por cuatro millones de votos el 28 de julio de 2024, y donde no tuvo más remedio que desconocer el resultado porque no había forma de disfrazarlo.
Así que la pregunta de qué se vota primero no es un tecnicismo de cronograma. Para el chavismo es la diferencia entre jugar donde es fuerte o jugar donde ya perdió.
Y HAY UNA LÓGICA MÁS, QUE CASI NADIE DICE EN VOZ ALTA
Existe otro cálculo, y no es del chavismo.
Quien tiene estructura local —alcaldías, concejos, redes municipales— pero no tiene un liderazgo nacional que arrastre votos, tiene un incentivo natural a preferir que lo regional vaya primero. Ahí es donde puede ganar algo propio. En una presidencial, ese espacio se lo lleva quien encabece la papeleta.
No lo digo como reproche. Es aritmética política, y pasa en todas las democracias del mundo. Cada quien defiende el terreno donde es fuerte.
Pero conviene entenderlo, porque explica por qué la discusión sobre el orden de las elecciones tiene más temperatura de la que un asunto de calendario debería tener.
Y frente a eso hay un argumento que a mí me parece difícil de rebatir, y lo formuló Humberto Villalobos, coordinador electoral de Vente Venezuela:
«¿Qué sentido tiene elegir un gobernador que ni siquiera va a tener fondos y que va a estar totalmente limitado tal cual como es hoy? Y ni hablar de los alcaldes.»
Elegir autoridades regionales bajo un poder central sin legitimidad es repartir cargos sin poder. Gobernadores sin presupuesto, alcaldes sin competencias, administrando la misma escasez de siempre.
El problema de Venezuela no se arregla eligiendo mejor a quien administra el desastre. Se arregla cambiando quién manda.
Por eso el orden importa. Primero la presidencial y la Asamblea. Después, con un gobierno que tenga legitimidad y recursos, todo lo demás.
Y MIENTRAS TANTO, SE FIRMAN COSAS DE VEINTICINCO AÑOS
Hay un dato de esta misma semana que conviene tener presente.
El acuerdo petrolero entre Estados Unidos y Venezuela se anunció el 29 de agosto. Trump lo llamó el mayor de la historia. Tiene una vigencia de veinticinco años, e incluye concesiones de hasta cien años sobre diecisiete yacimientos.
Lo firma un gobierno que nadie eligió.
No hace falta atribuirle intenciones a nadie para notar el problema: cuanto más tiempo pase sin autoridades electas, más compromisos de largo plazo se van firmando en nombre de un país que todavía no ha podido decidir quién lo representa.
Cada mes sin fecha no es un mes en pausa. Es un mes en el que se toman decisiones que duran décadas.
ENTONCES
Una fecha electoral no es un capricho de la oposición. Ni una manía de los que tienen prisa.
Es lo que hace que el reloj empiece a correr. Sin fecha no arranca el cronograma, no se convoca el registro, no se imprimen papeletas, no se eligen miembros de mesa, no se organiza nada. Todo queda en potencial.
Y mientras tanto, el que ya está sentado en la silla sigue sentado.
La cuenta dice que se puede en menos de un año.
Que no se haga no es un problema de tiempo.
Es un problema de voluntad.
